viernes, 12 de febrero de 2021

La historia de Selene. 1

Selene

Capítulo 1 



EL ENCUENTRO

La figura encapuchada pasaba de tejado en tejado sin esfuerzo aparente. Era apenas un borrón negro en la noche, oscura ya de por sí. El joven guardia intentaba seguir los movimientos del temido asesino que sabía que iba a por su amo.

Su lealtad pendía de un hilo, pensó en mil y una maneras de esconderse para poder huir cuando pasara el peligro. Desistió en seguida. El asesino le encontraría y acabaría con él, aunque no le conociera, aunque a él le habían obligado a servir a su señor, aunque en realidad, aun formando parte del escuadrón del amo, no le profesase auténtica lealtad, ni siquiera le caía bien. Iba a morir por un viejo cobarde y estúpido.

Sintió la presencia del asesino a su espalda, apenas un leve movimiento. Se giró lentamente sin poder ocultar el temblor. Las manos le sudaban, la respiración se le atrancaba en la garganta. Le encontró más cerca de lo que pensaba, tanto que si alargaba la mano podía tocarlo. Pero no se molestó en defenderse, había oído muchas historias sobre aquel asesino en particular. El más rápido, letal y silencioso. El Gato.

Nadie conocía la identidad del Gato, siempre ocultaba su rostro. Apenas había historias de un ojo verde y otro azul. En aquel momento, el joven estaba comprobando que se trataba de un ojo perfectamente vivo que le escudriñaba atento y frío. Se fijó en la baja estatura del encapuchado. Debía medir una cabeza y media menos que él, tampoco parecía muy musculado. Tal vez incluso podría tumbarlo de un empujón, pero antes tendría que apartar la mirada de aquellos ojos de otro mundo que parecían ver en su mente. No sintió dolor, solo debilidad. Fue como caer en un sueño dulce. No alcanzó a ver la daga salir de su funda, ni sintió su garganta cortarse. Solo notó el calor de su propia sangre al derramarse de su cuerpo y se dejó caer en una oscuridad placentera y suave.


El joven murió con una leve sonrisa en los labios. Había mirado en su telaraña y no le había mostrado grandes maldades, así que le regaló una muerte indolora y rápida. El viejo que tenía delante, sin embargo, era muy distinto. Su telaraña estaba medio podrida, casi podía sentir el olor a descomposición. Había agujeros que se consumían por su propia inmundicia. Selene suspiró con asco, mirando al viejo asqueroso que tenía ante ella. Sintió que le faltaba un poco el aire y se quitó la capucha y la máscara. Miró a los ojos de su presa. Estaba sorprendido, el Gato era ella, Selene, casi una niña a ojos de muchos, aunque contaba ya con veintitrés años, aparentaba menos, unos diecisiete o dieciocho. No le dio tiempo a que hiciera ningún comentario despectivo, desenvainó su espada y le cortó la cabeza. Era mucho más de lo que merecía aquel mierda, pero no estaba de humor para jugar con él, para infringir dolor y larga agonía, como sin duda haría normalmente. Estaba cansada, había dormido poco las dos últimas noches. Algo se acercaba y no podía verlo bien, eso la alteraba mucho.

Caminó con calma hasta las afueras de la pequeña aldea. Había algunos curiosos en las ventanas, pero ella ya llevaba puesta su máscara y su capucha. Llegó al bosque y subió al primer árbol. Pasó de uno a otro con toda naturalidad hasta que llegó a la cueva donde había atado a su caballo. Nunca lo acercaba a los sitios donde trabajaba para que no le reconocieran. Azabache era un enorme caballo tashaki, se lo había ganado a un guerrero en una pelea. Negro, como no podía ser de otra manera, era más grande que los caballos comunes de las tierras altas y con la pequeña estatura de su amazona parecía aún mayor.




La mayoría de gente pensaba que lo había ganado como prostituta o como regalo por sus favores a algún noble de las ciudades al otro lado del mar. Ella no se molestaba en desmentirlo, así alejaba más su auténtica identidad y era solo una muchacha bonita a la que conocían por Aliane.

Llegó a su casa casi al amanecer. Contó la plata que le había pagado el noble aquella misma noche. Había sido rápido, no dudó en aceptar el trabajo, la contrató para  asesinar al enemigo que había secuestrado a su hijita y la había violado hasta la muerte.

Sacó su caja de madera del escondite, que ella misma había diseñado en el suelo de la pequeña casa, lugar  que había reconstruido poco a poco tras comprársela a la vieja tabernera para la que trabajaba algunas veces. Fue un proceso lento y gratificante. Ir reconstruyendo aquel pequeño hogar, le propició la paz necesaria para ir reconstruyendo su ajada vida. Una completa ruina que había dejado atrás al quedarse sola.

La casa fue del hijo de la tabernera, un borracho asqueroso que había intentado violarla el día que llegó a la aldea. No duró ni diez segundos con vida. Lo encontraron con el cuello roto en un callejón. La tabernera no lloró demasiado por aquel “desecho”, como ella misma lo llamaba. Le vendió la casa a Selene, pensando que había conseguido el dinero de la misma manera que a su caballo y la contrató en la taberna. Aunque Selene se ausentaba durante largas temporadas y la tabernera contrataba a otras chicas de la aldea, cuando volvía, nunca rechazaba a la muchacha, ya que era muy bonita y atraía a los hombres a la taberna.

La miraban embobados mientras pedían y pedían más cerveza. Y Selene siempre los mantenía a raya, se notaba que la chica se había criado entre hombres. Aunque de una manera algo distinta a la que imaginaba la tabernera y el resto de la pequeña y cotilla aldea.

Cuando tuvo su plata escondida puso agua a calentar y comió algo rápido. Iba a ir a trabajar a la taberna. Con suerte escucharía alguna conversación interesante o pescaría alguna misión un poco más entretenida y bien pagada que las miserias que había estado haciendo últimamente.

 Preparó la bañera con agua tibia, se desnudó y se lavó, frotando a conciencia. Tenía que quitarse bien el olor a cuero y a sangre que desprendía su ropa auténtica, porque, aunque no siempre, a la taberna iban algunos caballeros que estaban de paso, caballeros de verdad, que reconocían el olor de la muerte por imperceptible que pudiera ser. Y Aliane, la bella muchacha de la taberna, no podía oler a muerte, debía oler a agua de flores. La de jazmín era su favorita. Ella misma la preparaba y perfumaba su cama con aquella esencia para que la bonita Aliane, no el Gato, fuera quien se presentaba en la taberna con su mejor sonrisa.



Llevaban cabalgando muchos días. Llegaban a una aldea pequeña, discreta y agradable. Sus compañeros de viaje insistieron en hacer noche allí, ya que la siguiente aldea estaba lejos y la nieve azotaría con fuerza aquella noche. Él no les discutió, le vendría bien beber cerveza y comer caliente durante un día entero. La posada, que en realidad era una taberna pequeña y maloliente con unas chozas detrás para los viajeros, estaba a la entrada de la modesta aldea. Un mozo de cuadras viejo y cojo se ocupó de sus caballos y una mujer gorda les sirvió cervezas. Bebió en silencio durante largo rato. Escuchaba distraídamente lo que sus compañeros decían.

- ¿Tienes sitio para nosotros, tabernera? - preguntó tras la tercera jarra de cerveza.

- Sí, pero hay que pagar por adelantado- respondió la malhumorada dueña - ¿compartiréis habitación? O, ¿queréis una para cada uno? - Añadió.

Miró a sus compañeros, que le observaban con duda.

- Llevo demasiados días de viaje con estos dos, prefiero estar solo por esta noche. Si ellos quieren dormir abrazados es su puto problema – gruñó él.

-Muy bien – asintió la tabernera nada impresionada - ¡Aliane! – gritó - ¡Aliane! – volvió a gritar enfadada al no recibir respuesta - ¿Dónde está esa cría? ¿ha vuelto a desaparecer? ¡Aliane!

Selene apareció a su lado como un fantasma. Llevaba el delantal sucio y un poco de harina en la cara.

- Estaba con la masa de las empanadas, Morgana – dijo a la tabernera con suavidad – ¿Querrás ir a probarla cuando acabes? – preguntó melosa apartándole de la cara un mechón de pelo canoso que se había soltado del moño de la sofocada mujer. Aquello pareció apaciguarla.

- Hay que acompañar a estos hombres a las habitaciones. Aun no tengo claro si quieren dos o tres – dijo mirando a los tres hombres en busca de una respuesta.

Ella también miró a los tres hombres. Les reconocía. Dos de ellos eran sumos sacerdotes de O’Denai. Los había visto en algunas misiones, aunque ellos no la habían visto a ella. Al tercero, no le había visto nunca, pero sabía quién era. La cicatriz que le atravesaba el rostro le delataba, era Liam Sandall, el Lobo.

Los tres hombres la observaban, como hacían todos, ella los examinaba, por fuera y por dentro. Dio un rápido vistazo a sus telarañas. No muy bonitas, nada limpias. Pero una de ellas le llamó la atención, sus huecos intentaban rellenarse a sí mismos, era un movimiento casi imperceptible, pero ahí estaba, como una hormiguita trabajando sin descanso. Sonrió al hombre que intentaba reparar su mal, el hombre la observaba pero no sonrió, tampoco se relajó.

- ¿Tengo putos monos en la cara? – gruñó el Lobo.

Selene le sostuvo la mirada, sabía que él esperaba que la desviara con temor o, por lo menos, con respeto, pero ella le miraba descaradamente y con una pequeña sonrisa enigmática, que sabía que le sacaría de quicio.

- Vamos, os enseñaré dónde os alojaréis, mis señores – dijo poniéndose en marcha y apartando al fin la vista del rostro marcado de aquel hombre que se arrepentía de sus crímenes.

Los tres viajeros la seguían, recorriendo su silueta con la mirada, eso lo sabía. Se paró ante los barracones que servían como habitaciones a los huéspedes. Se giró para preguntar:

- ¿Han decidido ya los señores si van a ocupar dos o tres habitaciones?

- Tres – dijo uno de los sacerdotes adelantándose un paso hacia ella – Aliane – dijo su nombre con cierta timidez – ¿acompañas también a los huéspedes en las habitaciones? – preguntó dando otro paso un poco más vacilante que el anterior.

- Solo les indico donde están – contestó Selene con calma – les traigo la comida o la cena si desean tomarla en las habitaciones – añadió sonriendo con encanto, lo cual hizo que el sacerdote también sonriera bobalicón – y, si ocupan la habitación sin pagar les echo de aquí – añadió desviando la mirada y apartándose con incomodidad.

- Agos, tengo ganas de irme a mi habitación, deja esas estupideces para luego – interrumpió el Lobo.

Selene se limitó a entregar tres llaves al Lobo e indicar con la mano las tres chozas de la derecha.

- La has asustado – dijo Agos enfadado – iba a ofrecerle algo de plata y algunas visiones sobre su futuro a cambio de un revolcón.

- No habría aceptado – dijo el Lobo viendo alejarse a la chica.

- ¿No? ¿crees que te prefiere a ti? – contestó Agos riendo.

- No, es que no parece tan estúpida – contestó el Lobo.

Entraron en sus chozas y se hizo el silencio en la parte de atrás de la taberna.

Cuando fue la hora de la comida las empanadas estaban calientes y la taberna se llenó de gente. Selene repartía comida y cerveza entre las mesas. La gente, hombres y mujeres, la saludaban con alegría y se alegraban de verla de vuelta. Solo había estado ausente dos días, pero cualquiera habría dicho que fueran dos meses.

Los tres desconocidos ocupaban una mesa al fondo de la estancia. Selene se les acercó con tres jarras de cerveza y las sirvió en silencio. Agos, la miraba sonriendo y ella le devolvió la mirada sin sonrisa alguna. Se dio la vuelta para ir a por la bandeja de las empanadas y al notar un leve movimiento a su espalda sacó el puñal que descansaba en su muslo, a través de una abertura bien disimulada que había en un pliegue de su vestido, y lo clavó en la mesa, a dos milímetros de la mano que el sacerdote estaba alargando para sobarle el trasero.

- No toques lo que no es tuyo, sacerdote – murmuró Selene con voz envenenada.

La taberna entera estalló en carcajadas. Todos los presentes, que conocían a Selene, se burlaron del forastero que había tenido la osadía de querer tocar a la joven con más carácter de la aldea. Todos excepto sus dos compañeros, que permanecían serios. El otro sacerdote lo miraba con reprobación, el Lobo la miraba a ella, expectante.

Selene recogió su puñal y se metió en la cocina rápidamente sin mirar a nadie. Necesitaba respirar, mantener la calma. Aquello ya había pasado otras veces, pero no delante de nadie importante, de nadie que pudiera descubrirla. El Lobo la analizaba desde el principio, ¿cómo pudo ser tan descuidada?

- Estúpida – se dijo a sí misma. Observó desde la cocina, los tres hombres conversaban tranquilamente. Liam Sandall pasaba los dedos por la ranura profunda que su puñal, afilado y de acero de sangre, detalle que seguro no le había pasado inadvertido, había dejado en la mesa de madera maciza que ocupaban - ¡estúpida! – se repitió.


º1º


Siguió con su jornada en la taberna alejada de los tres forasteros. Durante la comida fue la tabernera quien sirvió en el comedor después de aquello, pues sabía que Selene se ponía de mal humor con los desconocidos que intentaban propasarse sin pagar. Creía que era una puta recatada. Selene no se molestó nunca en desmentir aquellas suposiciones.

Estuvo ayudando tanto como pudo en las cocinas. Horneó el pan y fue al mercado para hacer tiempo. Pero a su vuelta la tabernera le dio instrucciones de llevar la cena a uno de los tres forasteros que había decidido cenar en su choza.

- No pongas esa cara, ya le he dejado claro que esto no es un burdel y que tu no haces esas cosas con cualquiera – farfulló la vieja Morgana – y me ha dejado claro que solo está cansado y hasta los huevos de sus compañeros de viaje, así me lo ha dicho.

- ¿Cuál de ellos es? – preguntó Selene, aunque conocía ya la respuesta.

- El de la cicatriz en la cara – dijo Morgana terminando de preparar la bandeja y poniéndola en sus manos – y sonríe un poco criatura, que me espantas a los clientes.

Selene se acercó a las chozas, se dio cuenta entonces de que no sabía cuál era la de Sandall. Cerró los ojos y se concentró en el rostro inconfundible del Lobo. Lo percibió en seguida en la tercera choza. Pasó ante las dos otras sin hacer absolutamente nada de ruido y llamó con los nudillos.

- ¿Quién es? – gruño él desde dentro.

- Su cena, mi señor – contestó Selene con fingida serenidad.

Se oyeron las fuertes zancadas del Lobo y se abrió la puerta. La observó mientras entraba y dejaba la cena en la única mesita que había en la choza. La observó volverse y quedarse un poco encogida y servil, con fingida timidez, delante de la mesita. Él permaneció de pie delante de la puerta. Selene podría salir de allí si la situación lo requería, por la ventana, por el techo, por la chimenea, esquivando a aquel gigante e incluso derribándolo, pero no sin delatarse. Tenía la sensación de que ni si quiera podía respirar sin delatarse. Siguió observándola sin moverse.

- ¿Necesitáis algo más, mi señor? – preguntó Selene.

- Sí – dijo el Lobo – quiero ver tu puñal.

Selene lo miró sin contestar buscando una respuesta rápida.

- Sé que lo llevas pegado al muslo – dijo Sandall señalando en su dirección – solo quiero verlo un momento, nada más – repuso.

- ¿Para qué queréis verlo, mi señor? – preguntó ella – es un recuerdo de familia, no dejo que nadie lo toque e intento no enseñarlo mucho.

- Deja de hacerte la inocente conmigo, niña – gruñó Sandall – conozco ese tipo de puñal, el acero de sangre no es discreto, precisamente – dio un paso hacia ella y Selene se agazapó un poco, instintivamente. Fue un movimiento casi imperceptible, pero no para Sandall, que sonrió un poco con fiereza al percibirlo – tampoco es discreta la velocidad a la que desenvainas, la forma que tienes de empuñar ese tipo de daga o la fuerza que ha hecho que ese puñal quede incrustado a tanta profundidad en una mesa maciza – dio otro paso y Selene notó que se quedaba sin espacio para cualquier movimiento. Sabía que lo que quería él era delatarla, así que, en lugar de saltar por encima de la mesita y buscar más espacio, apoyó la espalda contra la pared fingiendo estar muy asustada.

- Por favor – dijo con un hilo de voz – por favor, mi señor, dejad que me vaya, la señora Morgana se enfadará conmigo si no vuelvo pronto.

Sandall se puso a reír y se acercó aún más. Apoyó una mano en la pared de madera, al lado del rostro de la chica, un hermoso rostro, pensó él. El más perfecto que había visto jamás. Labios carnosos, ojos grandes, pómulos redondos y, ahora que la veía más de cerca, apreciaba unas pequeñas pecas que la aniñaban aún más, aunque ya de por sí era muy joven. Y el color de sus ojos, eran extrañamente distintos uno del otro, uno era azul y el otro verde. Y el olor…olía a jazmín, a pan recién hecho y a hogar. Sandall se estremeció, pero recuperó la compostura en seguida. Notó que la chica tensaba los músculos, pero supo que no estaba realmente asustada, le delataba su respiración, perfectamente controlada. Puso la otra mano en la cintura de la chica, durante un segundo pensó que era incluso más bonita que el gorrioncito. Su mirada desafiante le gustaba mucho más. Bajó la mano por la cadera de la chica sin que ella dejara de mirarlo, llegó por fin a su objetivo, el mango de la daga. Tiró de ella y miró la magnífica arma que tenía en la mano.

- ¿De dónde la has sacado? – preguntó examinando con atención la daga.

- Ya te lo he dicho, joder, es un recuerdo de familia, siempre va conmigo – contestó Selene sin guardar la compostura.

Sandall la miró asombrado y divertido.

- ¿Qué ha pasado con lo de “mi señor”? – y se echó a reír.

- Devuélveme mi daga ahora mismo, Sandall – dijo Selene desafiante – no me gusta que nadie la toque.

Él la miró un segundo sopesando si presionar un poco más, por diversión. Aunque ya no hacía falta. Le tendió la daga por la empuñadura.

- Es una hermosa daga, pequeña – murmuró cuando ella la cogía y se la guardaba a través del ingenioso pliegue del vestido – gracias por la cena – murmuró dándole la espalda.

Selene llegó a la puerta, cogió el pomo y, antes de abrir, murmuró sin volverse:

- Buenas noches mi señor, descansad, si podéis – y salió rápido.