martes, 4 de mayo de 2021

LA HISTORIA DE SELENE II





INTENCIONES

Ni siquiera se molestó en pasar por la taberna para poner una excusa. Tenía que llegar a su casa y coger sus armas, su plata y su caballo. Tenía que desaparecer.

Él lo sabía, o como mínimo, lo intuía. Aquello no había terminado.

Se sentía como una niña boba. No tendría que haber cometido todos esos errores, pero a veces tenía la estúpida necesidad de demostrar lo fuerte y letal que era. 


Llegó a su casa en seguida. Se quedó parada en el centro de la única estancia que había, a oscuras. Cerró los ojos un instante y pensó como lo haría el Lobo.

Antes del amanecer entraría en la pequeña casa, la secuestraría, iría a alguna cueva remota de las montañas, le sacaría su auténtica identidad, con dolor, con lo que hiciera falta. Buscaría quien pagara la mejor recompensa, y Selene sabía que las había muy suculentas, la entregaría o directamente la ejecutaría, según dictara la recompensa y cobraría su buen pellizco.

Encendió una sola lámpara, para poder apagarla rápido si hiciera falta. Cogió su petate, pequeño, donde solo había lugar para lo básico. Metió una muda de su traje de combate, la otra la llevaría puesta, el medallón de su hermana y algo de comida que improvisó con lo que le quedaba en la despensa. Llenó su bota de piel con agua que le quedaba en el botijo. Ella no bebía vino. Se quitó el vestido que había llevado puesto todo el día, aun olía a jazmín. Tiró el vestido en la cama y cogió el frasco de agua de jazmín que había preparado no hacía mucho, estaba casi lleno y lo guardó en el pequeño petate de piel.

Se puso sus pantalones, su corsé y su armadura, todo negro. Se puso sus botas, tan usadas y remendadas. Se anudó el cinturón de armas, que se había diseñado y fabricado ella misma. Retiró los tablones del suelo, sacó la caja de la plata y el oro, vació su contenido en una bolsita de piel y se la colgó al cinturón. Luego cogió el resto de las armas que había bajo los tablones y se colgó algunas al cinturón, otras se las ocultó bajo unas mangas negras que le cubrían hasta las manos, guardó uncuchillo en su bota y se puso los protectores de los brazos. Por último, se colgó su espada a la espalda y se echó la capa por encima.

Salió al establo para ensillar a Azabache. Dejó la lámpara en la entrada y cogió la silla con dificultad. Con las prisas tropezó y estuvo a punto de caerse, pues la silla era enorme y pesaba mucho.

  • ¡Joder! – exclamó con impaciencia - ¡concéntrate, estúpida! – se regañó a sí misma.

Una sombra surgió de la oscuridad y se acercó a su caballo. Azabache estaba tranquilo, el Lobo llevaba rato allí dentro. Ella temió por la vida de su querido caballo y se puso en guardia con la espada en alto en un rápido movimiento.

  • Si quisiera hacerle daño a tu caballo ya lo habría hecho – dijo acariciando al tranquilo animal – con todo lo que has tardado podría haber hecho muchas cosas, entre ellas entrar a por ti mientras estabas distraída, desnudándote, por ejemplo – añadió con sorna.

Selene estaba más que acostumbrada a mostrar su cuerpo, pero se sonrrojó un poco.

  • ¿Vamos a pelear, Sandall? – lo desafió Selene – o, ¿vamos a hablar?

  • No he venido a pelear, pequeña – dijo el Lobo apartándose del caballo y poniéndose ante ella, desprotegido.

  • Pues aquí no vas a encontrar nada más que hacer – dijo Selene sin mover su postura – no sé lo que te habrán dicho en la aldea, pero yo no soy puta, ni con nobles ni con caballeros, ni…

Con un rápido movimiento el Lobo desvió la punta de la espada con el protector de brazo y la arrastró hacia la pared del pequeño establo. Ella quiso atacar, pero las enormes manos del guerrero le sujetaban con fuerza los brazos.

  • ¡Basta! – rugió – no he venido a esto, te lo he dicho…

Esta vez fue una fuerte patada de la chica, en el lateral de la rodilla, lo que interrumpió la frase de Sandall. El Lobo gritó de dolor y aflojó las manos, Selene aprovechó para intentar liberarse, pero Liam Sandall no había aflojado tanto. Ella optó por saltar girando en una acrobacia para que su cuerpo hiciera luxación suficiente en los brazos del Lobo. Aquello sí funcionó. Selene se liberó de la prisión, aunque perdió la espada. Sacó los puñales atados a la cara externa de sus muslos. Los giró con profesionalidad.

  • Tampoco estoy aquí para follar – intentó proseguir Sandall – necesito hablar contigo, joder ¡Eres terca como una mula!

Selene no bajó la guardia. Miró al Lobo, no se estaba defendiendo. Aquello era una trampa, entonces pensó en los sacerdotes rojos.

  • ¿Dónde están? – preguntó intentando mantener la calma.

  • ¿Quién? – contestó Sandall haciendo acopio de la poca paciencia que tenía.

  • ¡Los sacerdotes O’Denai !– gritó Selene – ¿dónde están?

El Lobo la miró, comprendiendo.

  • No es una trampa, pequeña… - dijo sin alzar la voz.

  • ¡No me llames así! – exclamó Selene. No sabía porque todo lo que tenía que ver con el Lobo la alteraba tanto. No se reconocía a ella misma. No estaba actuando como el Gato. Si se comportaba así la mataría en treinta segundos – No me hables… - respiró profundamente un par de veces – voy a matarte Lobo, como he matado a tantos otros que han venido a por mí…

  • Selene – dijo Sandall – no he venido a por ti – mantuvo la voz serena y habló despacio – he venido a hablar, nada más, te lo prometo.

Selene palideció. La había llamado por su nombre. Nadie en aquella tierra, tan lejana de su hogar, conocía su auténctico nombre. Lo pocos que un día lo supieron habían muerto, o se habían marchado lejos, para no volver.

Decidió escuchar, de igual forma en aquel estado no podía pelear. Al menos no podía ganar. Bajó despacio los puñales, los guardó en su funda y se sentó encima de un fardo de paja.

  • Te escucho – le dijo al Lobo sin perder ningún movimiento del guerrero.

Sandall cogió la espada del suelo y se la tendió por la empuñadura. Selene la cogió con la mano temblorosa y la apoyó a su lado.

  • Esa mano temblorosa no es la que he visto en la taberna – advirtió él.

Selene la ocultó rápidamente, avergonzada y furiosa consigo misma. Lo miró alzando las cejas con impaciencia.

  • No voy a perder mucho tiempo escuchando – dijo con dureza.

El Lobo movió un fardo de paja sin aparente dificultad y lo puso delante de ella. Se sentó en él. El fardo parecía pequeño con él encima, a Selene, en cambio, los pies no le llegaban al suelo.

  • Te vi matando. Sé que eres el Gato – dijo Sandall sin rodeos – y no quiero capturarte. He venido porque necesito tu ayuda para una misión…

  • Yo trabajo sola – le cortó Selene – siento haberte hecho perder el tiempo.

Sandall la miró y suspiró poniendo los ojos en blanco.

  • ¿No te interesa saber cómo sé quién eres? ¿ni cómo te he encontrado? – preguntó a la chica que lo miraba con frialdad – he venido a contarte lo que…

  • Me viste en las llamas – le cortó.

  • ¿Cómo sabes eso? – preguntó él.

  • Tú tienes tus visiones, yo las mías – contestó ella sintiéndose mejor al ganar algo de terreno en la conversación - ¿no te advirtió de eso tu visión, Liam? – preguntó con un poco de sorna.

Él la miró sin decir nada. Se levantó y miró de cerca el rostro de Selene.

  • Tampoco vi esos ojos extraños que tienes – dijo examinándola – pareces un demonio.

  • Los demonios tienen los ojos azules y fríos, el mío es solo azul claro – dijo apartando la mirada algo dolida.

El Lobo volvió a su asiento. Miró a Azabache con admiración.

  • Eres una niña extraña, Selene. Peleas como un caballero, tienes la fuerza de un guerrero, tienes pinta de demonio y cabalgas un pura sangre tashaki – dijo el Lobo – ¿de dónde has salido, pequeña?

Selene lo miró otra vez a los ojos. Notó una leve vacilación en Sandall. Esta vez fue ella quien se levantó para acercarse al Lobo.

  • ¿Tus visiones no te lo han mostrado? – preguntó mientras se acercaba. Se desabrochó la capa y la dejó a un lado. Notó que él se tensaba un poco - ¿te incomoda mi cara, Sandall? – siguió acercándose hasta quedar frente a frente con él - ¿o es mi cuerpo?

El Lobo la miró en silencio. Sus ojos eran extraños, pero cálidos. Sus pecas le daban un toque de traviesa, como si guardara un secretito que nadie más sabía.

  • Dime qué quieres de mí, Sandall – dijo ella desconcertada – ahórrate el cuento de la misión. Sé que quieres ocuparte de mí, pero noto que te asusto, ¿que quieres? – dijo mientras volvía a su fardo de paja.

Sandall la miró unos segundos dolido en el orgullo, pero no entró en la discusión. Sonrió con superioridad.

  • ¿Asustarme? - soltó una carcajada salvaje – yo no me susto de las niñas, aunque finjan ser guerreras.

    Esta vez fue Selene quién rio. Sacó un cuchillo de su manga, lo lanzó hacia la lámpara y en un segundo, la oscuridad ocupaba el establo y la daga de acero de sangre de Selene estaba en el cuello del lobo.

  • No juego a ser nada, Sandall, somos lo que somos. Mercenarios. Asesinos – susurró al oído del hombre.

  • ¿Cómo sabes a qué he venido? – preguntó él, ignorando el cuchillo en su cuello.

    Selene lo soltó con desdén. Su escenita no había surto efecto.

  • Veo cosas, tengo ciertas sensaciones… - explicó Selene encendiendo el candil de nuevo – a veces cuesta un poco diferenciar qué sensaciones son mías y cuales de los demás, pero con el tiempo aprendes.

  • Y, ¿Cómo lo haces para no volverte loca? – preguntó el Lobo.

Selene sonrió con algo de pena y se encogió de hombros.

  • Nací así, aprendí a controlarlo. Sólo presto atención a los detalles que me ayudan. El resto no me interesa. Además, ¿Quién dice que no estoy loca?

  • Así que solo utilizas lo que te ayuda a ganar – concluyó el Lobo – eso se llama jugar con ventaja.

Selene guardó silencio a la espera de una explicación.

  • No quiero hacerte daño – dijo Sandall – solo ayudarte. Las llamas me mostraron cosas. Cosas no muy buenas para ti – aclaró – solo te molestaré el tiempo necesario para evitarlo.

  • No quieres hacerme daño – dijo Selene – pero podrías causarme mucho aun sin querer, siendo un estorbo – aquello hizo sonreír al Lobo – y quieres ayudarme para redimirte, ¿crees que mi vida vale siquiera un cuarto de todas las que has segado? – inquirió Selene con tono duro.

El Lobo levantó la vista del suelo devolviéndole la mirada con dureza. Se levantó y Selene hizo lo mismo. Él le sacaba más de cuarenta centímetros, pero ella no vaciló ni un instante en su desafío.

  • He visto algunas cosas que has hecho. Niños, mujeres suplicantes, hombres que no se defendían – el tono de Selene era gélido.

  • Tu historial tampoco está muy limpio que digamos, Gato.

    Aquel hombre era grande y fuerte. Pero tenía una edad que invitaba a retirarse en no mucho tiempo. Aquel oficio no era para viejos. Lo entendía. Quería hacer algo bueno antes de retirarse. Salvar a alguien. Pero otra asesina no le pareció la mejor obra del mundo.

  • ¿Por qué? - preguntó Selene sin rodeos.

  • Porque estoy por jurar que has matado a más gente que yo – respondió el Lobo encogiendo se de hombros.

  • No, ¿por qué yo? - aclaró ella.

  • No lo sé, en las llamas apareciste tú. Si hubiera salido el cardo de tu jefa tendría que protegerla a ella.

    Selene rio al imaginarlo. Arrugó un poco la nariz en señal de desagrado.

  • Créeme – dijo mientras sus hombros se relajaban un poco – conmigo será más divertido.

  • No busco diversión – respondió él taciturno.

  • Eres el alma de la fiesta- se burló ella.

Selene echó a andar hacia la casa con el candil en la mano y Liam Sandall siguiéndola a cierta distancia. Dejó la puerta abierta tras ella, en una invitación silenciosa. Ella se sentó en la silla, junto a la chimenea apagada. Él permanecía de pie, observando la pequeña estancia.

  • Cuéntame, Lobo. ¿Quién viene a por mí esta vez?

  • No es quién, es qué – sentenció él.

  • ¿Un demonio?

  • No.

  • ¿Brujo?

  • No. Y no solo uno – explicó él – en realidad es un ejército entero.

  • ¿Ejército de quién?- preguntó Selene con la boca un poco seca.

  • Del cielo.

  • ¿Cómo?

  • Son ángeles, Selene, vienen a por ti. No sé por qué, pero ya están en marcha. Todos los hechizos y amuletos que llevas te hacen invisible, de momento, pero no tardarán en encontrarte.

  • Tú me has encontrado – dijo ella con a mirada fija en un puto inexistente de la habitación.

  • A mí me han enviado a buscarte. De una forma u otra, siempre sabía por dónde ir para dar contigo.

  • ¿Y cómo sabemos que no han sido ellos quién te han mandado a por mí, para poder seguirte? - dijo ella, ya sin disimular el miedo en su voz.

  • No, quién me envió a por ti a través de las llamas, sabía dónde estabas. Me ha guiado todo el tiempo de alguna manera.

    La mente de Selene era un torbellino. Un ejército de ángeles iba a por ella. Habían enviado a un famoso asesino, en horas bajas, ya viejo para la profesión, a ayudarla. Pero, ¿quién? Ella no había notado nada de todo aquello. Ningún sueño, ninguna visión. Se sentía perdida, y había olvidado lo que era no saber adónde ir, ni qué hacer. Había olvidado lo que era sentirse tan humana.


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