El vuelo de Lugaia
Describir este espacio sería un poco como describirme a mí. Y no tengo ni idea, la verdad. Solo espero escribir algo ameno y con un mínimo de vuestro interés.
martes, 10 de agosto de 2021
NUEVA VEGETARIANA A LA VISTA
martes, 4 de mayo de 2021
LA HISTORIA DE SELENE II
INTENCIONES
Ni siquiera se molestó en pasar por la taberna para poner una excusa. Tenía que llegar a su casa y coger sus armas, su plata y su caballo. Tenía que desaparecer.
Él lo sabía, o como mínimo, lo intuía. Aquello no había terminado.
Se sentía como una niña boba. No tendría que haber cometido todos esos errores, pero a veces tenía la estúpida necesidad de demostrar lo fuerte y letal que era.
Llegó a su casa en seguida. Se quedó parada en el centro de la única estancia que había, a oscuras. Cerró los ojos un instante y pensó como lo haría el Lobo.
Antes del amanecer entraría en la pequeña casa, la secuestraría, iría a alguna cueva remota de las montañas, le sacaría su auténtica identidad, con dolor, con lo que hiciera falta. Buscaría quien pagara la mejor recompensa, y Selene sabía que las había muy suculentas, la entregaría o directamente la ejecutaría, según dictara la recompensa y cobraría su buen pellizco.
Encendió una sola lámpara, para poder apagarla rápido si hiciera falta. Cogió su petate, pequeño, donde solo había lugar para lo básico. Metió una muda de su traje de combate, la otra la llevaría puesta, el medallón de su hermana y algo de comida que improvisó con lo que le quedaba en la despensa. Llenó su bota de piel con agua que le quedaba en el botijo. Ella no bebía vino. Se quitó el vestido que había llevado puesto todo el día, aun olía a jazmín. Tiró el vestido en la cama y cogió el frasco de agua de jazmín que había preparado no hacía mucho, estaba casi lleno y lo guardó en el pequeño petate de piel.
Se puso sus pantalones, su corsé y su armadura, todo negro. Se puso sus botas, tan usadas y remendadas. Se anudó el cinturón de armas, que se había diseñado y fabricado ella misma. Retiró los tablones del suelo, sacó la caja de la plata y el oro, vació su contenido en una bolsita de piel y se la colgó al cinturón. Luego cogió el resto de las armas que había bajo los tablones y se colgó algunas al cinturón, otras se las ocultó bajo unas mangas negras que le cubrían hasta las manos, guardó uncuchillo en su bota y se puso los protectores de los brazos. Por último, se colgó su espada a la espalda y se echó la capa por encima.
Salió al establo para ensillar a Azabache. Dejó la lámpara en la entrada y cogió la silla con dificultad. Con las prisas tropezó y estuvo a punto de caerse, pues la silla era enorme y pesaba mucho.
¡Joder! – exclamó con impaciencia - ¡concéntrate, estúpida! – se regañó a sí misma.
Una sombra surgió de la oscuridad y se acercó a su caballo. Azabache estaba tranquilo, el Lobo llevaba rato allí dentro. Ella temió por la vida de su querido caballo y se puso en guardia con la espada en alto en un rápido movimiento.
Si quisiera hacerle daño a tu caballo ya lo habría hecho – dijo acariciando al tranquilo animal – con todo lo que has tardado podría haber hecho muchas cosas, entre ellas entrar a por ti mientras estabas distraída, desnudándote, por ejemplo – añadió con sorna.
Selene estaba más que acostumbrada a mostrar su cuerpo, pero se sonrrojó un poco.
¿Vamos a pelear, Sandall? – lo desafió Selene – o, ¿vamos a hablar?
No he venido a pelear, pequeña – dijo el Lobo apartándose del caballo y poniéndose ante ella, desprotegido.
Pues aquí no vas a encontrar nada más que hacer – dijo Selene sin mover su postura – no sé lo que te habrán dicho en la aldea, pero yo no soy puta, ni con nobles ni con caballeros, ni…
Con un rápido movimiento el Lobo desvió la punta de la espada con el protector de brazo y la arrastró hacia la pared del pequeño establo. Ella quiso atacar, pero las enormes manos del guerrero le sujetaban con fuerza los brazos.
¡Basta! – rugió – no he venido a esto, te lo he dicho…
Esta vez fue una fuerte patada de la chica, en el lateral de la rodilla, lo que interrumpió la frase de Sandall. El Lobo gritó de dolor y aflojó las manos, Selene aprovechó para intentar liberarse, pero Liam Sandall no había aflojado tanto. Ella optó por saltar girando en una acrobacia para que su cuerpo hiciera luxación suficiente en los brazos del Lobo. Aquello sí funcionó. Selene se liberó de la prisión, aunque perdió la espada. Sacó los puñales atados a la cara externa de sus muslos. Los giró con profesionalidad.
Tampoco estoy aquí para follar – intentó proseguir Sandall – necesito hablar contigo, joder ¡Eres terca como una mula!
Selene no bajó la guardia. Miró al Lobo, no se estaba defendiendo. Aquello era una trampa, entonces pensó en los sacerdotes rojos.
¿Dónde están? – preguntó intentando mantener la calma.
¿Quién? – contestó Sandall haciendo acopio de la poca paciencia que tenía.
¡Los sacerdotes O’Denai !– gritó Selene – ¿dónde están?
El Lobo la miró, comprendiendo.
No es una trampa, pequeña… - dijo sin alzar la voz.
¡No me llames así! – exclamó Selene. No sabía porque todo lo que tenía que ver con el Lobo la alteraba tanto. No se reconocía a ella misma. No estaba actuando como el Gato. Si se comportaba así la mataría en treinta segundos – No me hables… - respiró profundamente un par de veces – voy a matarte Lobo, como he matado a tantos otros que han venido a por mí…
Selene – dijo Sandall – no he venido a por ti – mantuvo la voz serena y habló despacio – he venido a hablar, nada más, te lo prometo.
Selene palideció. La había llamado por su nombre. Nadie en aquella tierra, tan lejana de su hogar, conocía su auténctico nombre. Lo pocos que un día lo supieron habían muerto, o se habían marchado lejos, para no volver.
Decidió escuchar, de igual forma en aquel estado no podía pelear. Al menos no podía ganar. Bajó despacio los puñales, los guardó en su funda y se sentó encima de un fardo de paja.
Te escucho – le dijo al Lobo sin perder ningún movimiento del guerrero.
Sandall cogió la espada del suelo y se la tendió por la empuñadura. Selene la cogió con la mano temblorosa y la apoyó a su lado.
Esa mano temblorosa no es la que he visto en la taberna – advirtió él.
Selene la ocultó rápidamente, avergonzada y furiosa consigo misma. Lo miró alzando las cejas con impaciencia.
No voy a perder mucho tiempo escuchando – dijo con dureza.
El Lobo movió un fardo de paja sin aparente dificultad y lo puso delante de ella. Se sentó en él. El fardo parecía pequeño con él encima, a Selene, en cambio, los pies no le llegaban al suelo.
Te vi matando. Sé que eres el Gato – dijo Sandall sin rodeos – y no quiero capturarte. He venido porque necesito tu ayuda para una misión…
Yo trabajo sola – le cortó Selene – siento haberte hecho perder el tiempo.
Sandall la miró y suspiró poniendo los ojos en blanco.
¿No te interesa saber cómo sé quién eres? ¿ni cómo te he encontrado? – preguntó a la chica que lo miraba con frialdad – he venido a contarte lo que…
Me viste en las llamas – le cortó.
¿Cómo sabes eso? – preguntó él.
Tú tienes tus visiones, yo las mías – contestó ella sintiéndose mejor al ganar algo de terreno en la conversación - ¿no te advirtió de eso tu visión, Liam? – preguntó con un poco de sorna.
Él la miró sin decir nada. Se levantó y miró de cerca el rostro de Selene.
Tampoco vi esos ojos extraños que tienes – dijo examinándola – pareces un demonio.
Los demonios tienen los ojos azules y fríos, el mío es solo azul claro – dijo apartando la mirada algo dolida.
El Lobo volvió a su asiento. Miró a Azabache con admiración.
Eres una niña extraña, Selene. Peleas como un caballero, tienes la fuerza de un guerrero, tienes pinta de demonio y cabalgas un pura sangre tashaki – dijo el Lobo – ¿de dónde has salido, pequeña?
Selene lo miró otra vez a los ojos. Notó una leve vacilación en Sandall. Esta vez fue ella quien se levantó para acercarse al Lobo.
¿Tus visiones no te lo han mostrado? – preguntó mientras se acercaba. Se desabrochó la capa y la dejó a un lado. Notó que él se tensaba un poco - ¿te incomoda mi cara, Sandall? – siguió acercándose hasta quedar frente a frente con él - ¿o es mi cuerpo?
El Lobo la miró en silencio. Sus ojos eran extraños, pero cálidos. Sus pecas le daban un toque de traviesa, como si guardara un secretito que nadie más sabía.
Dime qué quieres de mí, Sandall – dijo ella desconcertada – ahórrate el cuento de la misión. Sé que quieres ocuparte de mí, pero noto que te asusto, ¿que quieres? – dijo mientras volvía a su fardo de paja.
Sandall la miró unos segundos dolido en el orgullo, pero no entró en la discusión. Sonrió con superioridad.
¿Asustarme? - soltó una carcajada salvaje – yo no me susto de las niñas, aunque finjan ser guerreras.
Esta vez fue Selene quién rio. Sacó un cuchillo de su manga, lo lanzó hacia la lámpara y en un segundo, la oscuridad ocupaba el establo y la daga de acero de sangre de Selene estaba en el cuello del lobo.
No juego a ser nada, Sandall, somos lo que somos. Mercenarios. Asesinos – susurró al oído del hombre.
¿Cómo sabes a qué he venido? – preguntó él, ignorando el cuchillo en su cuello.
Selene lo soltó con desdén. Su escenita no había surto efecto.
Veo cosas, tengo ciertas sensaciones… - explicó Selene encendiendo el candil de nuevo – a veces cuesta un poco diferenciar qué sensaciones son mías y cuales de los demás, pero con el tiempo aprendes.
Y, ¿Cómo lo haces para no volverte loca? – preguntó el Lobo.
Selene sonrió con algo de pena y se encogió de hombros.
Nací así, aprendí a controlarlo. Sólo presto atención a los detalles que me ayudan. El resto no me interesa. Además, ¿Quién dice que no estoy loca?
Así que solo utilizas lo que te ayuda a ganar – concluyó el Lobo – eso se llama jugar con ventaja.
Selene guardó silencio a la espera de una explicación.
No quiero hacerte daño – dijo Sandall – solo ayudarte. Las llamas me mostraron cosas. Cosas no muy buenas para ti – aclaró – solo te molestaré el tiempo necesario para evitarlo.
No quieres hacerme daño – dijo Selene – pero podrías causarme mucho aun sin querer, siendo un estorbo – aquello hizo sonreír al Lobo – y quieres ayudarme para redimirte, ¿crees que mi vida vale siquiera un cuarto de todas las que has segado? – inquirió Selene con tono duro.
El Lobo levantó la vista del suelo devolviéndole la mirada con dureza. Se levantó y Selene hizo lo mismo. Él le sacaba más de cuarenta centímetros, pero ella no vaciló ni un instante en su desafío.
He visto algunas cosas que has hecho. Niños, mujeres suplicantes, hombres que no se defendían – el tono de Selene era gélido.
Tu historial tampoco está muy limpio que digamos, Gato.
Aquel hombre era grande y fuerte. Pero tenía una edad que invitaba a retirarse en no mucho tiempo. Aquel oficio no era para viejos. Lo entendía. Quería hacer algo bueno antes de retirarse. Salvar a alguien. Pero otra asesina no le pareció la mejor obra del mundo.
¿Por qué? - preguntó Selene sin rodeos.
Porque estoy por jurar que has matado a más gente que yo – respondió el Lobo encogiendo se de hombros.
No, ¿por qué yo? - aclaró ella.
No lo sé, en las llamas apareciste tú. Si hubiera salido el cardo de tu jefa tendría que protegerla a ella.
Selene rio al imaginarlo. Arrugó un poco la nariz en señal de desagrado.
Créeme – dijo mientras sus hombros se relajaban un poco – conmigo será más divertido.
No busco diversión – respondió él taciturno.
Eres el alma de la fiesta- se burló ella.
Selene echó a andar hacia la casa con el candil en la mano y Liam Sandall siguiéndola a cierta distancia. Dejó la puerta abierta tras ella, en una invitación silenciosa. Ella se sentó en la silla, junto a la chimenea apagada. Él permanecía de pie, observando la pequeña estancia.
Cuéntame, Lobo. ¿Quién viene a por mí esta vez?
No es quién, es qué – sentenció él.
¿Un demonio?
No.
¿Brujo?
No. Y no solo uno – explicó él – en realidad es un ejército entero.
¿Ejército de quién?- preguntó Selene con la boca un poco seca.
Del cielo.
¿Cómo?
Son ángeles, Selene, vienen a por ti. No sé por qué, pero ya están en marcha. Todos los hechizos y amuletos que llevas te hacen invisible, de momento, pero no tardarán en encontrarte.
Tú me has encontrado – dijo ella con a mirada fija en un puto inexistente de la habitación.
A mí me han enviado a buscarte. De una forma u otra, siempre sabía por dónde ir para dar contigo.
¿Y cómo sabemos que no han sido ellos quién te han mandado a por mí, para poder seguirte? - dijo ella, ya sin disimular el miedo en su voz.
No, quién me envió a por ti a través de las llamas, sabía dónde estabas. Me ha guiado todo el tiempo de alguna manera.
La mente de Selene era un torbellino. Un ejército de ángeles iba a por ella. Habían enviado a un famoso asesino, en horas bajas, ya viejo para la profesión, a ayudarla. Pero, ¿quién? Ella no había notado nada de todo aquello. Ningún sueño, ninguna visión. Se sentía perdida, y había olvidado lo que era no saber adónde ir, ni qué hacer. Había olvidado lo que era sentirse tan humana.
viernes, 12 de febrero de 2021
La historia de Selene. 1
Selene
Capítulo 1
EL ENCUENTRO
La figura encapuchada pasaba de tejado en tejado sin esfuerzo aparente. Era apenas un borrón negro en la noche, oscura ya de por sí. El joven guardia intentaba seguir los movimientos del temido asesino que sabía que iba a por su amo.
Su lealtad pendía de un hilo, pensó en mil y una maneras de esconderse para poder huir cuando pasara el peligro. Desistió en seguida. El asesino le encontraría y acabaría con él, aunque no le conociera, aunque a él le habían obligado a servir a su señor, aunque en realidad, aun formando parte del escuadrón del amo, no le profesase auténtica lealtad, ni siquiera le caía bien. Iba a morir por un viejo cobarde y estúpido.
Sintió la presencia del asesino a su espalda, apenas un leve movimiento. Se giró lentamente sin poder ocultar el temblor. Las manos le sudaban, la respiración se le atrancaba en la garganta. Le encontró más cerca de lo que pensaba, tanto que si alargaba la mano podía tocarlo. Pero no se molestó en defenderse, había oído muchas historias sobre aquel asesino en particular. El más rápido, letal y silencioso. El Gato.
Nadie conocía la identidad del Gato, siempre ocultaba su rostro. Apenas había historias de un ojo verde y otro azul. En aquel momento, el joven estaba comprobando que se trataba de un ojo perfectamente vivo que le escudriñaba atento y frío. Se fijó en la baja estatura del encapuchado. Debía medir una cabeza y media menos que él, tampoco parecía muy musculado. Tal vez incluso podría tumbarlo de un empujón, pero antes tendría que apartar la mirada de aquellos ojos de otro mundo que parecían ver en su mente. No sintió dolor, solo debilidad. Fue como caer en un sueño dulce. No alcanzó a ver la daga salir de su funda, ni sintió su garganta cortarse. Solo notó el calor de su propia sangre al derramarse de su cuerpo y se dejó caer en una oscuridad placentera y suave.
El joven murió con una leve sonrisa en los labios. Había mirado en su telaraña y no le había mostrado grandes maldades, así que le regaló una muerte indolora y rápida. El viejo que tenía delante, sin embargo, era muy distinto. Su telaraña estaba medio podrida, casi podía sentir el olor a descomposición. Había agujeros que se consumían por su propia inmundicia. Selene suspiró con asco, mirando al viejo asqueroso que tenía ante ella. Sintió que le faltaba un poco el aire y se quitó la capucha y la máscara. Miró a los ojos de su presa. Estaba sorprendido, el Gato era ella, Selene, casi una niña a ojos de muchos, aunque contaba ya con veintitrés años, aparentaba menos, unos diecisiete o dieciocho. No le dio tiempo a que hiciera ningún comentario despectivo, desenvainó su espada y le cortó la cabeza. Era mucho más de lo que merecía aquel mierda, pero no estaba de humor para jugar con él, para infringir dolor y larga agonía, como sin duda haría normalmente. Estaba cansada, había dormido poco las dos últimas noches. Algo se acercaba y no podía verlo bien, eso la alteraba mucho.
Caminó con calma hasta las afueras de la pequeña aldea. Había algunos curiosos en las ventanas, pero ella ya llevaba puesta su máscara y su capucha. Llegó al bosque y subió al primer árbol. Pasó de uno a otro con toda naturalidad hasta que llegó a la cueva donde había atado a su caballo. Nunca lo acercaba a los sitios donde trabajaba para que no le reconocieran. Azabache era un enorme caballo tashaki, se lo había ganado a un guerrero en una pelea. Negro, como no podía ser de otra manera, era más grande que los caballos comunes de las tierras altas y con la pequeña estatura de su amazona parecía aún mayor.
La mayoría de gente pensaba que lo había ganado como prostituta o como regalo por sus favores a algún noble de las ciudades al otro lado del mar. Ella no se molestaba en desmentirlo, así alejaba más su auténtica identidad y era solo una muchacha bonita a la que conocían por Aliane.
Llegó a su casa casi al amanecer. Contó la plata que le había pagado el noble aquella misma noche. Había sido rápido, no dudó en aceptar el trabajo, la contrató para asesinar al enemigo que había secuestrado a su hijita y la había violado hasta la muerte.
Sacó su caja de madera del escondite, que ella misma había diseñado en el suelo de la pequeña casa, lugar que había reconstruido poco a poco tras comprársela a la vieja tabernera para la que trabajaba algunas veces. Fue un proceso lento y gratificante. Ir reconstruyendo aquel pequeño hogar, le propició la paz necesaria para ir reconstruyendo su ajada vida. Una completa ruina que había dejado atrás al quedarse sola.
La casa fue del hijo de la tabernera, un borracho asqueroso que había intentado violarla el día que llegó a la aldea. No duró ni diez segundos con vida. Lo encontraron con el cuello roto en un callejón. La tabernera no lloró demasiado por aquel “desecho”, como ella misma lo llamaba. Le vendió la casa a Selene, pensando que había conseguido el dinero de la misma manera que a su caballo y la contrató en la taberna. Aunque Selene se ausentaba durante largas temporadas y la tabernera contrataba a otras chicas de la aldea, cuando volvía, nunca rechazaba a la muchacha, ya que era muy bonita y atraía a los hombres a la taberna.
La miraban embobados mientras pedían y pedían más cerveza. Y Selene siempre los mantenía a raya, se notaba que la chica se había criado entre hombres. Aunque de una manera algo distinta a la que imaginaba la tabernera y el resto de la pequeña y cotilla aldea.
Cuando tuvo su plata escondida puso agua a calentar y comió algo rápido. Iba a ir a trabajar a la taberna. Con suerte escucharía alguna conversación interesante o pescaría alguna misión un poco más entretenida y bien pagada que las miserias que había estado haciendo últimamente.
Preparó la bañera con agua tibia, se desnudó y se lavó, frotando a conciencia. Tenía que quitarse bien el olor a cuero y a sangre que desprendía su ropa auténtica, porque, aunque no siempre, a la taberna iban algunos caballeros que estaban de paso, caballeros de verdad, que reconocían el olor de la muerte por imperceptible que pudiera ser. Y Aliane, la bella muchacha de la taberna, no podía oler a muerte, debía oler a agua de flores. La de jazmín era su favorita. Ella misma la preparaba y perfumaba su cama con aquella esencia para que la bonita Aliane, no el Gato, fuera quien se presentaba en la taberna con su mejor sonrisa.
Llevaban cabalgando muchos días. Llegaban a una aldea pequeña, discreta y agradable. Sus compañeros de viaje insistieron en hacer noche allí, ya que la siguiente aldea estaba lejos y la nieve azotaría con fuerza aquella noche. Él no les discutió, le vendría bien beber cerveza y comer caliente durante un día entero. La posada, que en realidad era una taberna pequeña y maloliente con unas chozas detrás para los viajeros, estaba a la entrada de la modesta aldea. Un mozo de cuadras viejo y cojo se ocupó de sus caballos y una mujer gorda les sirvió cervezas. Bebió en silencio durante largo rato. Escuchaba distraídamente lo que sus compañeros decían.
- ¿Tienes sitio para nosotros, tabernera? - preguntó tras la tercera jarra de cerveza.
- Sí, pero hay que pagar por adelantado- respondió la malhumorada dueña - ¿compartiréis habitación? O, ¿queréis una para cada uno? - Añadió.
Miró a sus compañeros, que le observaban con duda.
- Llevo demasiados días de viaje con estos dos, prefiero estar solo por esta noche. Si ellos quieren dormir abrazados es su puto problema – gruñó él.
-Muy bien – asintió la tabernera nada impresionada - ¡Aliane! – gritó - ¡Aliane! – volvió a gritar enfadada al no recibir respuesta - ¿Dónde está esa cría? ¿ha vuelto a desaparecer? ¡Aliane!
Selene apareció a su lado como un fantasma. Llevaba el delantal sucio y un poco de harina en la cara.
- Estaba con la masa de las empanadas, Morgana – dijo a la tabernera con suavidad – ¿Querrás ir a probarla cuando acabes? – preguntó melosa apartándole de la cara un mechón de pelo canoso que se había soltado del moño de la sofocada mujer. Aquello pareció apaciguarla.
- Hay que acompañar a estos hombres a las habitaciones. Aun no tengo claro si quieren dos o tres – dijo mirando a los tres hombres en busca de una respuesta.
Ella también miró a los tres hombres. Les reconocía. Dos de ellos eran sumos sacerdotes de O’Denai. Los había visto en algunas misiones, aunque ellos no la habían visto a ella. Al tercero, no le había visto nunca, pero sabía quién era. La cicatriz que le atravesaba el rostro le delataba, era Liam Sandall, el Lobo.
Los tres hombres la observaban, como hacían todos, ella los examinaba, por fuera y por dentro. Dio un rápido vistazo a sus telarañas. No muy bonitas, nada limpias. Pero una de ellas le llamó la atención, sus huecos intentaban rellenarse a sí mismos, era un movimiento casi imperceptible, pero ahí estaba, como una hormiguita trabajando sin descanso. Sonrió al hombre que intentaba reparar su mal, el hombre la observaba pero no sonrió, tampoco se relajó.
- ¿Tengo putos monos en la cara? – gruñó el Lobo.
Selene le sostuvo la mirada, sabía que él esperaba que la desviara con temor o, por lo menos, con respeto, pero ella le miraba descaradamente y con una pequeña sonrisa enigmática, que sabía que le sacaría de quicio.
- Vamos, os enseñaré dónde os alojaréis, mis señores – dijo poniéndose en marcha y apartando al fin la vista del rostro marcado de aquel hombre que se arrepentía de sus crímenes.
Los tres viajeros la seguían, recorriendo su silueta con la mirada, eso lo sabía. Se paró ante los barracones que servían como habitaciones a los huéspedes. Se giró para preguntar:
- ¿Han decidido ya los señores si van a ocupar dos o tres habitaciones?
- Tres – dijo uno de los sacerdotes adelantándose un paso hacia ella – Aliane – dijo su nombre con cierta timidez – ¿acompañas también a los huéspedes en las habitaciones? – preguntó dando otro paso un poco más vacilante que el anterior.
- Solo les indico donde están – contestó Selene con calma – les traigo la comida o la cena si desean tomarla en las habitaciones – añadió sonriendo con encanto, lo cual hizo que el sacerdote también sonriera bobalicón – y, si ocupan la habitación sin pagar les echo de aquí – añadió desviando la mirada y apartándose con incomodidad.
- Agos, tengo ganas de irme a mi habitación, deja esas estupideces para luego – interrumpió el Lobo.
Selene se limitó a entregar tres llaves al Lobo e indicar con la mano las tres chozas de la derecha.
- La has asustado – dijo Agos enfadado – iba a ofrecerle algo de plata y algunas visiones sobre su futuro a cambio de un revolcón.
- No habría aceptado – dijo el Lobo viendo alejarse a la chica.
- ¿No? ¿crees que te prefiere a ti? – contestó Agos riendo.
- No, es que no parece tan estúpida – contestó el Lobo.
Entraron en sus chozas y se hizo el silencio en la parte de atrás de la taberna.
Cuando fue la hora de la comida las empanadas estaban calientes y la taberna se llenó de gente. Selene repartía comida y cerveza entre las mesas. La gente, hombres y mujeres, la saludaban con alegría y se alegraban de verla de vuelta. Solo había estado ausente dos días, pero cualquiera habría dicho que fueran dos meses.
Los tres desconocidos ocupaban una mesa al fondo de la estancia. Selene se les acercó con tres jarras de cerveza y las sirvió en silencio. Agos, la miraba sonriendo y ella le devolvió la mirada sin sonrisa alguna. Se dio la vuelta para ir a por la bandeja de las empanadas y al notar un leve movimiento a su espalda sacó el puñal que descansaba en su muslo, a través de una abertura bien disimulada que había en un pliegue de su vestido, y lo clavó en la mesa, a dos milímetros de la mano que el sacerdote estaba alargando para sobarle el trasero.
- No toques lo que no es tuyo, sacerdote – murmuró Selene con voz envenenada.
La taberna entera estalló en carcajadas. Todos los presentes, que conocían a Selene, se burlaron del forastero que había tenido la osadía de querer tocar a la joven con más carácter de la aldea. Todos excepto sus dos compañeros, que permanecían serios. El otro sacerdote lo miraba con reprobación, el Lobo la miraba a ella, expectante.
Selene recogió su puñal y se metió en la cocina rápidamente sin mirar a nadie. Necesitaba respirar, mantener la calma. Aquello ya había pasado otras veces, pero no delante de nadie importante, de nadie que pudiera descubrirla. El Lobo la analizaba desde el principio, ¿cómo pudo ser tan descuidada?
- Estúpida – se dijo a sí misma. Observó desde la cocina, los tres hombres conversaban tranquilamente. Liam Sandall pasaba los dedos por la ranura profunda que su puñal, afilado y de acero de sangre, detalle que seguro no le había pasado inadvertido, había dejado en la mesa de madera maciza que ocupaban - ¡estúpida! – se repitió.
Siguió con su jornada en la taberna alejada de los tres forasteros. Durante la comida fue la tabernera quien sirvió en el comedor después de aquello, pues sabía que Selene se ponía de mal humor con los desconocidos que intentaban propasarse sin pagar. Creía que era una puta recatada. Selene no se molestó nunca en desmentir aquellas suposiciones.
Estuvo ayudando tanto como pudo en las cocinas. Horneó el pan y fue al mercado para hacer tiempo. Pero a su vuelta la tabernera le dio instrucciones de llevar la cena a uno de los tres forasteros que había decidido cenar en su choza.
- No pongas esa cara, ya le he dejado claro que esto no es un burdel y que tu no haces esas cosas con cualquiera – farfulló la vieja Morgana – y me ha dejado claro que solo está cansado y hasta los huevos de sus compañeros de viaje, así me lo ha dicho.
- ¿Cuál de ellos es? – preguntó Selene, aunque conocía ya la respuesta.
- El de la cicatriz en la cara – dijo Morgana terminando de preparar la bandeja y poniéndola en sus manos – y sonríe un poco criatura, que me espantas a los clientes.
Selene se acercó a las chozas, se dio cuenta entonces de que no sabía cuál era la de Sandall. Cerró los ojos y se concentró en el rostro inconfundible del Lobo. Lo percibió en seguida en la tercera choza. Pasó ante las dos otras sin hacer absolutamente nada de ruido y llamó con los nudillos.
- ¿Quién es? – gruño él desde dentro.
- Su cena, mi señor – contestó Selene con fingida serenidad.
Se oyeron las fuertes zancadas del Lobo y se abrió la puerta. La observó mientras entraba y dejaba la cena en la única mesita que había en la choza. La observó volverse y quedarse un poco encogida y servil, con fingida timidez, delante de la mesita. Él permaneció de pie delante de la puerta. Selene podría salir de allí si la situación lo requería, por la ventana, por el techo, por la chimenea, esquivando a aquel gigante e incluso derribándolo, pero no sin delatarse. Tenía la sensación de que ni si quiera podía respirar sin delatarse. Siguió observándola sin moverse.
- ¿Necesitáis algo más, mi señor? – preguntó Selene.
- Sí – dijo el Lobo – quiero ver tu puñal.
Selene lo miró sin contestar buscando una respuesta rápida.
- Sé que lo llevas pegado al muslo – dijo Sandall señalando en su dirección – solo quiero verlo un momento, nada más – repuso.
- ¿Para qué queréis verlo, mi señor? – preguntó ella – es un recuerdo de familia, no dejo que nadie lo toque e intento no enseñarlo mucho.
- Deja de hacerte la inocente conmigo, niña – gruñó Sandall – conozco ese tipo de puñal, el acero de sangre no es discreto, precisamente – dio un paso hacia ella y Selene se agazapó un poco, instintivamente. Fue un movimiento casi imperceptible, pero no para Sandall, que sonrió un poco con fiereza al percibirlo – tampoco es discreta la velocidad a la que desenvainas, la forma que tienes de empuñar ese tipo de daga o la fuerza que ha hecho que ese puñal quede incrustado a tanta profundidad en una mesa maciza – dio otro paso y Selene notó que se quedaba sin espacio para cualquier movimiento. Sabía que lo que quería él era delatarla, así que, en lugar de saltar por encima de la mesita y buscar más espacio, apoyó la espalda contra la pared fingiendo estar muy asustada.
- Por favor – dijo con un hilo de voz – por favor, mi señor, dejad que me vaya, la señora Morgana se enfadará conmigo si no vuelvo pronto.
Sandall se puso a reír y se acercó aún más. Apoyó una mano en la pared de madera, al lado del rostro de la chica, un hermoso rostro, pensó él. El más perfecto que había visto jamás. Labios carnosos, ojos grandes, pómulos redondos y, ahora que la veía más de cerca, apreciaba unas pequeñas pecas que la aniñaban aún más, aunque ya de por sí era muy joven. Y el color de sus ojos, eran extrañamente distintos uno del otro, uno era azul y el otro verde. Y el olor…olía a jazmín, a pan recién hecho y a hogar. Sandall se estremeció, pero recuperó la compostura en seguida. Notó que la chica tensaba los músculos, pero supo que no estaba realmente asustada, le delataba su respiración, perfectamente controlada. Puso la otra mano en la cintura de la chica, durante un segundo pensó que era incluso más bonita que el gorrioncito. Su mirada desafiante le gustaba mucho más. Bajó la mano por la cadera de la chica sin que ella dejara de mirarlo, llegó por fin a su objetivo, el mango de la daga. Tiró de ella y miró la magnífica arma que tenía en la mano.
- ¿De dónde la has sacado? – preguntó examinando con atención la daga.
- Ya te lo he dicho, joder, es un recuerdo de familia, siempre va conmigo – contestó Selene sin guardar la compostura.
Sandall la miró asombrado y divertido.
- ¿Qué ha pasado con lo de “mi señor”? – y se echó a reír.
- Devuélveme mi daga ahora mismo, Sandall – dijo Selene desafiante – no me gusta que nadie la toque.
Él la miró un segundo sopesando si presionar un poco más, por diversión. Aunque ya no hacía falta. Le tendió la daga por la empuñadura.
- Es una hermosa daga, pequeña – murmuró cuando ella la cogía y se la guardaba a través del ingenioso pliegue del vestido – gracias por la cena – murmuró dándole la espalda.
Selene llegó a la puerta, cogió el pomo y, antes de abrir, murmuró sin volverse:
- Buenas noches mi señor, descansad, si podéis – y salió rápido.
martes, 10 de diciembre de 2019
Hace un tiempo dejé de ser yo para ser nadie, para ser la nada que te corroe desde dentro. Que deja que tu ser se vaya oxidando mientras tu piel se marchita como si de repente tuvieras 100 años.
Hace un tiempo cometí un error tras otro. Y he estado pidiendo perdón desde entonces.
Hace un tiempo desperté y desde entonces amaneció en mi vida y solo lamenté no haber amanecido antes.
Hace unos días decidí que ya había estado demasiado tiempo lamentando cosas y que debía pasar a la acción. He vuelto a hacer todo aquello que me hace feliz. He empezado nuevos proyectos y estoy instaurando nuevas rutinas en mi vida. Tengo objetivos y quiero trabajar en ellos.
He estado diseñando un método de trabajo sencillo que me está siendo bastante útil:
- Hacer un calendario mensual con mis horarios de trabajo fuera de casa. Yo trabajo en una tienda de nutrición animal y accesorios para la mascota. El calendario me ayuda a visualizar las horas que me quedan libres para trabajar en mis proyectos.
- Tener un planning semanal con los objetivos diarios más importantes. En mi planning anoto los objetivos de estudio, de escritura, ya sea de mi novela, del blog o de algún concurso al que quiero presentarme, y pongo algún otro objetivo de proyectos que quiero iniciar.
- Anotar en un cuaderno cada noche una lista de tareas para el día siguiente. Ahí pongo mis tareas pendientes, ya sean tareas domesticas, recados que hacer, tareas relacionadas con mis objetivos. Todo al detalle. Y voy marcándolas según las voy realizando.
- Dejarme ratos para mí. Hay que ser realista. No podemos trabajar sin parar, aunque sea para cumplir nuestros sueños. Necesitamos parar y descansar, pero también despejar la mente. Ver una película, pasar rato con nuestra familia, hacer cosas que nos gustan. Tener ratos para uno mismo.
- Escribir en mi cuaderno cada día. Ideas, pensamientos, reflexiones, poemas, la letras de una canción que no se me va de la cabeza, lo que sea, pero escribir para mí a diario.










